El aroma, el color y por supuesto la Buena vista de este lugar, nos recordó que siempre hay mas por descubrir de las estaciones cordilleranas.

Hay lugares, que no necesitan demasiadas explicaciones, pues su nombre es como los pequeños perfumes que, al destaparse, revelan toda su esencia… llegamos a Buenavista, Quindío. 

Recorrer la cordillera incluye redescubrir esos rincones que creemos conocer, pero que guardan encantos visibles únicamente a quienes decidan internarse en su historia, eso fue en síntesis lo que ocurrió con Buenavista. Emprendimos camino a las 8 de la mañana con un día soleado y el cielo despejado y aunque esperábamos iniciar la experiencia a la llegada del casco urbano, no hay mejor forma de empezar que con los sabores de la tradición, así que hicimos parada obligada en el sector de Río Verde donde nos esperaba una señora con un delantal de flores, un poco descolorido, con una bolsa de papel llena de crocantes bocados fritos con un dulzor que nos sacó las primeras sonrisas del viaje, se trata de las tradicionales torticas de chócolo. 

Llegamos a la plaza y cinco minutos después de desembarcar, ya estábamos ‘encaramados’ sobre el tradicional carro del paisaje cultural cafetero, el jeep. Sobre un Willys verde subimos la empinada cuesta hacia una de las fincas cafeteras más populares del pueblo y allí nos esperaba una mesa llena de experiencias para el paladar y los sentidos. El olor a café impregnó el lugar y nos regaló un recorrido sensorial de esa taza que ha acompañado miles de historias, guardando en su preparación una larga ruta de tecnicismos y números perfectos para dar con el equilibrio que ha puesto al café en el corazón de millones de personas alrededor del mundo. Café Las Margaritas fue el anfitrión de una exquisita cátedra de conocimiento en preparaciones, métodos, variedades e historia que  enmarcó la bienvenida a Buenavista. 

Retomamos la ruta sobre ruedas y la brisa de la montaña se abrió camino hasta ‘Caficultur’ donde nos esperaba Don Leo, un noble señor de manos gruesas y amables palabras que con cariño nos ofreció un buen almuerzo montañero, de esos con sancocho, sudado y jugo fresco, mientras en frente nos divertía con su particular  lenguaje rústico que develaba la esencia de recolectores y vecinos veredales que no improvisan con cada término jocoso. ‘Caficultur’ es un proyecto que involucra a los visitantes con la experiencia real de los recolectores, poniendo a prueba su conocimiento y resistencia de una jornada tradicional de trabajo acompañada del inclemente sol, las canecas llenas de cerezas maduras de café y la agradable compañía de los trabajadores de la finca que, entre risas, representan años de sacrificio. Don Leo asegura que, a pesar de la gloria, la labor del agricultor debe ser reconocido por la dureza de su trabajo. 

Con los ojos encharcados y un propósito firme de reconocer la labor cafetera, salimos de la finca hacia una de las experiencias más increíbles de la cordillera, que le pondría sello de oro a este recorrido majestuoso por el tapete verde de Buenavista. Llegamos al cerro de las Tres Cruces y nos reunimos para escuchar a un grupo de aventureros que decidieron un día compartir con los turistas un recorrido extremo que nos permite cumplir ese sueño que recreábamos con capas cuando éramos niños, vamos a volar. Nos pusimos el arnés y mientras el corazón se aceleraba intentábamos poner atención a las indicaciones de los anfitriones de Quindío Aventurero, quienes con una experticia notable y un amor impensable por los cielos, nos llenaron de confianza para abrir el parapente. Corrimos unos cuantos pasos y ya estábamos sobre  ese mar verde que nos ha dejado sin aliento y que nos ha mostrado la pequeñez de nuestra existencia en medio de la inmensidad y la belleza de este paraíso quindiano. El miedo se quedó en el suelo y podría asegurar que sentí mis alas extenderse tan grandes que arropaban hasta el último espacio verde que alcanzaban mis ojos. 

No queríamos bajar del cielo, pero al pisar de nuevo tierra firme, recibimos con simpatía el siguiente recorrido, esta vez para conocer las historias de los habitantes del pueblo que entre las casas de colores han forjado la identidad de este territorio. Coovex fue la agencia anfitriona para esta ruta que expuso artistas, chistes y proyectos tan maravillosos como las pequeñas huertas de plantas medicinales sembradas en el hogar del anciano del pueblo, a donde los habitantes llegan en busca de la cura para sus males y reciben el conocimiento ancestral de los residentes del lugar que, con cariño, recetan bebidas y ungüentos tradicionales que prometen aliviar cualquier dolor. 

El sol no daba tregua y después de tanta adrenalina, el cuerpo necesitaba recargar energías, por eso llegamos a una casa colonial de chambranas coloridas donde transcurren las tardes de un grupo de hermanas que dispusieron el tradicional mesón de su cocina para deleitarnos con una dulce receta, utilizada en matrimonios y encuentros familiares. Un esponjado de colores fue el delicioso postre que nos unió alrededor de la estufa mientras esperábamos que la leche, los huevos, el azúcar y el maíz, tomaran esa textura cremosa que sorprendió a los comensales. 

Con el dulce sabor de la abuela y un anaranjado atardecer, nos despedimos de Buenavista que nos sacó tantos suspiros como el primer beso. 

Tomado de: https://www.cronicadelquindio.com/noticias/region/la-buena-vista-del-quindio

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